
Era ésta una de esas historias como tantas otras. Pero, como todas, diferente a cada una de ellas.
Y, además, con la particularidad de que aún no había sido contada, pues no tenía todavía final.
Consecuentemente, se sentía inacabada. Y a ese sentimiento se unían otros dos, producidos por la incertidumbre de tal hecho.
Ilusión y temor.
El primero de ellos, nacido de la corta vida que tenía esta historia.
Era como la ilusión de un niño cuando escucha un cuento y, al acercarse su final, esa ilusión vivida por él durante todo el relato termina en un feliz desenlace. Pues las historias contadas a los niños siempre acaban con finales felices.
En cambio, al crecer, las historias de los mayores casi siempre son tristes, con finales más tristes todavía que el propio relato.
Y, como en éstas últimas, esta historia sin final definido sentía miedo a acabar tristemente.
O, quizá peor, quedar huérfana en su desenlace.
No le importaba en demasía que su argumento no fuera el mejor que había leído, ni que sus palabras no fuesen las más bellas, pues bien sabía, como todos aquellos que han leído, como todos aquellos que han vivido, que, en toda historia, en toda vivencia, lo importante no es cómo empieza. Lo fundamental es su terminar.
Pues cada vivencia, también es una de ellas. Una de esas historias en algunos momentos de la vida soñadas, o escritas, y en ocasiones, vividas.
Ocurre que, aunque no se conozca el final de la, quizá, triste historia que se esté viviendo en un determinado momento, ésta, seguro, algún día acabará.
Si lo hace tristemente, será para dar comienzo a una nueva historia con, en principio, indefinido final aún por escribir.
Si lo hace felizmente, será para dar comienzo a una nueva historia. Y ésta sí, ya, por fin, feliz, aunque sólo lo sea en su inicio, aunque se desconozca su final.
Lo único claro es que las historias están para ser contadas, así como las vivencias están para ser vividas y, en ocasiones, convertirlas en historias que contar.
Y ello, a pesar de que no deja de ser extraño encontrar a alguien que sepa escuchar, sobretodo cuando se trata de historias vividas. De tristes historias vividas... con un triste final o, tal vez, aún sin final escrito.
.- SENS

A menudo, las conversaciones que mantenía consigo mismo le servían para desesperarse.
Otras veces, las menos, para reflexionar.
Eran muchas las preguntas que pululaban por su mente.
Tal vez más, las reflexiones que éstas provocaban.
Pero sólo unas pocas las que le atormentaban.
"¿Cuántos años tienes ya?", se repetía desde hacía un tiempo, cada vez que recordaba, o se miraba en un espejo.
"Demasiados para mi edad." Contestaba casi siempre.
Quizás, por todo lo vivido. Quizás, por todo lo contrario.
"¿Y ese estado de ánimo?"
Era ésta la cuestión que le acompañaba en los momentos más bajos, en los instantes de inexistente autoestima.
"Sí, hace tiempo conocí ese estado... más bien, hace mucho tiempo... demasiado...", solía ser su respuesta, triste, pero verdadera. Pues así era.
"¿Acaso los sueños sirven para desahogarte?", le recordaba su mente cada día al despertar.
"Eso no lo sé. Pero la vida, o la realidad, me ahoga...". Lamentablemente.
"Y después de todo este tiempo, de todo lo pasado... ¿por qué sigues buscando?"
A lo que le añadía, tras sentir esta última cuestión inacabada, y esforzándose por reflejar en ella lo más posible la realidad: "¿... siempre, aún sin esperanzas?"
Y con ello, la pregunta se repetía de nuevo en su mente, como una burla fortalecida por la desgracia ajena...
"Y después de todo este tiempo, de todo lo pasado... ¿por qué sigues buscando siempre, aún sin esperanzas?"
La respuesta, tan fácil y simple como cierta...
"Porque es inevitable buscar cuando no se encuentra..."
Porque es inevitable buscar aunque, puede, nunca se vaya a encontrar.
.- SENS

Para él, escribir era como una terapia.
Dejar plasmados en palabras pensamientos y sentimientos era algo casi mágico, transmitir emociones en unas pocas líneas significaba que las sentía, o podía sentirlas, y por tanto, que estaba vivo.
Miedos, penas, tristeza, dolor, angustia, frustración, abundaban en sus escritos, como si de ese modo pudiese deshacerse de ellas, o al menos paliar en parte las sensaciones que lo abrumaban.
Ignoraba si las palabras conseguían producir en quienes las leían algún efecto. Bueno o malo, eso dependía de cada persona. Lo realmente importante era transmitir.
Lamentaba no ser capaz de escribir textos que, al leerlos, produjesen sonrisas de esas que tanto añoraba, pero no era él quien decidía. Lo hacía su corazón. Y éste, nunca mentía.
Tras terminar un relato, siempre lo leía. Y al hacerlo, a veces se estremecía por tanto dolor expresado.
Otras, se sentía reconfortado, pues existía en algunas de sus historias un destello de esperanza.
Y en casi todas se veía a él mismo, identificando multitud de hechos, o sueños, de su propia vida, pues aunque no era él quien escribía, sino su corazón, era éste quien más lo conocía y, muy a su pesar, el único que lo quería.
Pero también por suerte, el único que todavía lo quería.
Por suerte...
Todavía...
.- SENS

La misteriosa luz que veía desde hacía un tiempo lo mantenía absorto.
En la noche cerrada, rodeado de altas montañas nevadas, el cielo cubierto de negras nubes amenazantes, aquella única tenue luz que observaba mientras andaba tambaleante hacia ella era la única esperanza para no desfallecer.
Por suerte, tras vagar durante varios días tan oscuros como noches, y cuando su vista ya casi podía confundirse con la neblina que cubría todo alrededor, en un atardecer mortecino la vio y, como hechizado, no pudo ya apartar sus pasos ni su mirada de ella.
A medida que se acercaba, empezaba a distinguir pequeñas casas formando callejuelas que siempre daban al mismo lugar, una pequeña plaza en la que, sobre una columna en su centro, relucía una esfera amarillenta iluminando todo alrededor.
Y, cuando estuvo ya en la entrada de la pequeña aldea, se sorprendió al comprobar que las calles estaban prácticamente libres de nieve, y que el ambiente era varios grados más cálido que el que la rodeaba.
Aún así, el frío pasado, el hambre y la falta de fuerzas hicieron que se derrumbase al sentir por primera vez en mucho tiempo esa sensación de bienestar.
Despertó en la cama de una habitación en la que se colaban por las ventanas unos rayos de luz que la mantenían en semipenumbra, como dejando la suficiente oscuridad para poder dormir plácidamente, pero a la vez impidiendo que ésta, temida por tantas gentes, la ocupara.
Se incorporó, y no tardó en darse cuenta que nada le dolía, que las heridas del camino estaban curadas, que el hambre estaba saciada.
Cogió sus pocas pertenencias, amontonadas en un rincón, y salió a la calle.
La luz era la misma que recordaba del día en el que había llegado a aquél lugar. Era de noche, pero todo alrededor parecía iluminado, cada rincón, cada esquina se veía perfectamente. Y, al igual que la vez anterior, nadie había en las calles.
Se dirigió hacia la cercana plaza desde la que provenía la luz, y allí observó detenidamente lo que la producía. Una esfera, no más grande que su mano, estaba posada sobre una pilastra unos centímetros mayor que él. De colores rojizos y amarillentos, irradiaba una luz brillante, pero que no molestaba a la vista, y aún notando que el plácido calor ambiental procedía de ella, se repartía por igual alrededor, no siendo más fuerte en su fuente que en cualquier otro lugar de la aldea.
Algo, mayor que su voluntad, similar a la sensación que puede producir un sentimiento, le hizo acercarse a ella y cogerla. La inexplicable placidez sentida en ese momento fue suficiente para que, en lugar de depositar de nuevo la esfera en su lugar, la guardara entre los trapos que llevaba como equipaje y se alejase apresuradamente del lugar.
Al hacerlo, comenzó a nevar. El viento se levantó, como despertando con furia de un apacible sueño. La oscuridad todo lo envolvió.
No logró avanzar mucho desde las últimas casas de la aldea antes de caer de rodillas. Y en ese instante, sólo se le ocurrió sacar la esfera, esperando que le ofreciera parte de su calor. Al tocarla, notó como un pinchazo en sus dedos, un frío intenso que le congeló la sangre. La esfera, antes repleta de brillo y calidez, se había convertido en una esfera de hielo, más fría que la nieve, pesada, dura, y a la vez, inservible.
En ese momento, no pudo evitar compararla con su corazón. Pues también a él alguien se lo había robado y, al hacerlo, se había convertido en un corazón de hielo, pesado como un lastre que llevaría toda su vida, duro, impenetrable, y a la vez, al igual que la esfera en esos momentos, inservible.
Tampoco pudo evitar arrepentirse de haber robado la esfera.
Ignora si la persona que se lo arrebató está también arrepentida. Eso es algo que nunca sabrá. Finalmente, las rodillas también cedieron y se derrumbó sobre la nieve. Lo último que creyó ver, borroso y sin ya saber si formaba parte de la realidad, era a una muchacha que lentamente se acercó hacia él y al llegar a su lado recogió algo del suelo que, al levantarlo, emitió un destello. Consiguió apenas ver a la muchacha alejarse. Después, todo se tornó negro.
Despertó en la cama de una habitación en la que se colaban por las ventanas unos rayos de luz que la mantenían en semipenumbra, como dejando la suficiente oscuridad para poder dormir plácidamente, pero a la vez impidiendo que ésta, temida por tantas gentes, la ocupara. Y recordó. Y lloró, como no había hecho desde mucho tiempo atrás.
Sólo había querido sentir de nuevo un poco de calor, que su corazón ya no le daba.
Sólo deseaba unas manos que lo hiciesen de nuevo brillar como había ocurrido con la esfera.
Sólo...
"¿Sólo?" le preguntó una voz. "Haz tú solo que tu corazón sea como esa esfera, que regala su luz y calor a quienes tiene alrededor y considera buena gente. Quizá así, ocurra que esas manos que ahora pides estén siempre contigo sintiendo el calor que desprendes, y vayan en tu búsqueda cuando ese corazón se enfríe. No quieras tener aquello que no te pertenece. No desees lograr sin esfuerzo algo tan valioso."
No supo de dónde vino aquella voz, ni por qué tras escuchar estas palabras se levantó de la cama, salió de la casa y se dirigió hacia la plaza, como la vez anterior. Al llegar a ella, se sentó y miró fijamente la esfera, recordando las palabras escuchadas.
Ciertas eran, pero no le sería fácil lograr lo que decían. Seguía sintiendo la tentación de coger aquella esfera aún sabiendo que de nada le serviría, pero el simple hecho de conseguir algo deseado era en muchas ocasiones mayor que su propia voluntad.
Sobretodo, cuando intervenían los sentimientos.
Puede que porque este no era el caso en el que éstos se veían implicados, puede que porque lo había intentado y en parte logrado, se levantó y dejando atrás la plaza, la esfera y la aldea, se encaminó sin saber muy bien dónde dirigirse. Tan sólo paso tras paso, logro tras logro, lección tras lección, para intentar crecer como persona.
.- SENS

Por fin, cuando estaba anocheciendo y apenas quedaba ya luz en el camino que le permitiese ver dónde pisaba, llegó a casa.
Era un bonito día de invierno, con nubes negras que cubrían todo el cielo impidiendo el paso de los en esa época tímidos rayos de sol, la lluvia cayendo por momentos con furia, el viento silbando y agitando todo alrededor en una carrera sin meta, el frío tan intenso como acostumbraba, apaciguando y ocultando casi toda vida.
Cerró la puerta con fuerza, impidiendo entrar a una ráfaga de viento que parecía también querer refugiarse allí, en la calidez de un hogar, y se quitó la ropa empapada. Por suerte, aún quedaban unas pocas ascuas en la gran chimenea que pudo reavivar, y la habitación, junto a la comida que colgaba sobre el fuego, comenzó a calentarse.
Se sentó frente a ella. Le dolían las piernas, pero era un dolor soportable, debido a no ser el que más sentía, ni temía. Un poco de agua caliente podía aliviarlo. A menudo soñaba con un mundo en el que todo dolor fuese tan fácil de curar.
Pero aún así, se creía afortunado. Le reconfortaba escuchar la tormenta tras los sólidos muros de la cabaña, el viento golpeando todo alrededor, recordar la sensación del frío en el camino, y ahora sentirse protegido de ello.
Ojala todo en su vida hubiese estado tan protegido. A veces se arrepentía de no haber resguardado cosas demasiado valiosas como para ofrecerlas sin estar seguro de que serían aceptadas.
Su perro apareció somnoliento, acercándose para darle un lametón de bienvenida, y se tumbó a sus pies, cerca del fuego que ardía ya vivamente.
- ¿Cómo estas? ¿Qué tal el día? - le preguntó, como siempre hacía, aún sabiendo que no iba a obtener más respuesta que la del día anterior.
Ciertamente, añoraba escuchar esas preguntas de otros labios.
Al final, ayudado por la calidez del ambiente, el sueño le venció, igual que sus sentimientos lo habían vencido en tantas ocasiones. Y soñó, pues para él era como vivir otra vida.
Al rato, una caricia lo despertó suavemente. Su perro. Tenía hambre.
No pudo evitar sonreír, a pesar de lo quizá triste del hecho, al compararlo con quien, en el sueño, le acompañaba y compartía caricias.
Sus tripas rugieron. Vaya... también él tenía hambre.
Los sueños, aunque alimenten el espíritu, no llenaban estómagos.
.- SENS

La noche, junto al frío, había traído la lluvia.
Helada, empapaba ya todo su cuerpo, y le hacía estremecerse, igualando su exterior con su interior, un corazón tembloroso.
El golpe había sido demasiado duro.
Inevitable llorar. Imposible no derramar lágrimas que expulsaran parte del dolor acumulado en un instante.
Pues fue un instante. Apenas una sola imagen en la retina bastó para empezar a ver todo borroso, como el paisaje que ahora tenía ante sí, distorsionado por la lluvia.
Caía ya la última lágrima, cuando las nubes pactaron una tregua con la luna, permitiéndole mostrarse y, por un instante, dejó de llover.
Su lágrima, unida a las últimas gotas caídas, inició un nuevo ciclo en su vida, recorriendo un trayecto de desconocido final.
Y siguiendo el mismo rumbo que el hilo de agua al que se había unido parte de su dolor, fue en busca de algo tan perdido como necesitado.
Anduvo en la noche recorriendo caminos olvidados en su memoria, cogiendo fuerzas de los frutos creados por la vida, bebiendo de las fuentes nacidas de las lluvias.
Y fue en un anochecer cuando al fin la encontró, y nuevas lágrimas brotaron con más fuerza al abrazarse, cruzándose con una sonrisa al descender por sus mejillas.
El tiempo parecía no existir, si no fuese por los brillantes hilos que naciendo de sus ojos corrían por su rostro reflejando los rayos proyectados por la luna.
Caía ya la última lágrima, cuando las nubes cerraron el cielo y comenzó una lluvia de pequeñas gotas, como de lágrimas que se desprenden sin poder evitarlo. Y esta última lágrima, al igual que antes, comenzó un nuevo ciclo en su vida, pues era la misma, recogida en alguna fuente encontrada en su camino. Pero en esta ocasión, no llegó a tocar el suelo.
Se perdió... en su sonrisa.
.- SENS

Casi cada día, regreso tembloroso a la realidad.
Despierto de sueños, la mayoría de las veces, no muy gratos, para descubrir una realidad similar.
Me obligo a seguir mi rutina, casi ya aceptada, pero también odiada.
Veo el día pasar tras un velo de distancia, como si nada fuese conmigo, como si yo no estuviese ahí.
Al menos, las penas se muestran distantes. Al igual que las alegrías.
El tiempo, simplemente pasa, discreto, pero a la vez constante e imparable.
Acaba el día, y regreso donde siempre, viniendo de donde casi siempre: un lugar en el que no quise estar, pero al que casi inevitablemente voy a regresar.
Me derrumbo, intento descansar.
Y acompañado por la tranquilidad, también intento olvidar.
Y es entonces cuando te busco y, por suerte, cuando casi siempre te encuentro.
Y al sentirte en la distancia, sonrío, casi cada día, por primera vez al escribirte...
Preciosa...
.- SENS

A cada paso que daba, bajaba la mirada, y se sorprendía al ver que no caía, sino que seguía en pie. Es más, a cada paso que daba, no sólo no se derrumbaba, sino que avanzaba, y lograba continuar el camino que hacía tanto tiempo había empezado.
Camino que creyó ya terminado, pero inacabado, aquel lejano día en el que desfalleció.
Las causas, ni las recuerda, ni desea hacerlo.
A quien sí recordaba era a una mujer que, instantes antes, se había encontrado. Ella lo miró, y le sonrió al pasar a su lado; y él, aún estando agotado, se levantó para verla alejarse por donde había venido. Rara vez se movía, en sus cada vez más frecuentes instantes de descanso, al ver a alguien pasar. Pero esta vez, sin ser consciente de ello, lo hizo. Y, casualmente, desde ese momento, sus pasos se hicieron menos pesados, el camino más llano, el dolor más liviano.
Recordando a ratos, intentando olvidar en otros, siguió andando y llegó a un cruce en el que un viejo ciego, sentado en una pequeña piedra, parecía esperar a alguien.
El viejo, aún sin poder ver, intuyó su llegada, así que él le preguntó:
- ¿Quién era esa mujer que se cruzó en mi camino? Seguro pasó por aquí, hace poco, y aunque no pudiste verla, seguro también la intuiste.
- ¿No la recuerdas, tiempo atrás? - le respondió -. Vaya, puede que, quizá, ni la conocieras, al igual que muchos otros que por aquí pasan.
- Pero... ¿por qué me levanté a su paso, cuando apenas podía moverme? ¿Por qué ahora puedo seguir adelante?
- Eso es algo que sólo tú sabes - le dijo el ciego.
- ¿Conoces, acaso, su nombre?
- Si. Pero... quizás debido a mi edad, lo olvido con frecuencia. Se llama Confianza. Es ella quien me ayuda a andar sin tropezar, quien me guía en mi camino, quien me ayuda a apreciar la belleza que ya no puedo ver. Se llama confianza, pues en ella se basa mi vida.
Y tras estas palabras encontró respuestas a muchas de sus preguntas.
Confianza.
Es cierto.
En ella se basa la vida.
.- SENS

Son tantas las ocasiones, las veces que desaprovechamos tantas cosas, que apenas si nos damos cuenta de que lo hacemos.
Quizá por ello, llegó un día en el que decidió por fin aprovechar.
Y aprovechó...
... aprovechó la visión que le ofrecían sus ojos para observar la belleza de todo cuanto le rodeaba.
... pero también aprovechó esa visión para llenarla de lágrimas, y así ver borrosa una realidad demasiado amarga.
... aprovechó la capacidad que le ofrecían sus labios para sonreír.
... pero también aprovechó esa capacidad para cerrarlos, y no desperdiciar besos, o hermosas palabras, en demasiadas ocasiones inmerecidamente regaladas.
... aprovechó los sentimientos que le ofrecía su corazón para sentir.
... aunque fuese dolor.
... aprovechó la fuerza que le daban sus brazos para abrazar.
... a una almohada en las largas noches en vela.
... aprovechó la sensibilidad que le daban sus dedos para dejar escritos te quieros en trozos de papel.
... en mensajes sin destino, en sentidas cartas que terminaron tan rotas en pedazos como su quebrado corazón.
Pero aún así, aprovechó... y haciéndolo creció... y creciendo convirtió desprecio y frustración en cariño y afecto, palabras que intentaba transformar en hechos, y pesadillas en deseos por cumplir...
Y desde entonces aprovechó... aprovechó para vivir, para intentar querer, para sentir.
Pues sentir es vivir. Y querer es darle sentido.
El único que realmente tiene...
.- SENS

Apenas recordaba la última vez que visitó aquella casa.
Olvidado los momentos que, de pequeño, había vivido entre los muros casi derruidos de la vieja casucha que tenía ante sí.
Tampoco sabía muy bien por qué tras todos los acontecimientos que se habían producido últimamente en su vida, había vuelto allí. Quizá porque necesitaba encontrarse con alguien o algo familiar, aunque fuese tan sólo un lugar.
Entró en la casa, y a cada paso dado venía a su mente cada detalle, cada acontecimiento ocurrido entre las cuatro paredes que formaban cada una de las habitaciones que recorría.
Así acontecía, hasta que llegó al final de un pasillo y se detuvo frente a una puerta entreabierta. Allí, su mente se tornó en blanco. Nada recordaba de aquella habitación, pero entró en ella.
Era oscura, fría, su olor desconocido. De aspecto extraño, como si no formase parte de aquella casa, al igual que no formaba parte de sus pocos recuerdos. Avanzó a tientas unos pasos y, en un instante, sintió cómo la oscuridad lo envolvía, y el golpe en su espalda al caer y dar contra el suelo. Y tras esto, recordó.
El pequeño pozo en un rincón de la última habitación de la casa servía no como tal, sino como lugar de castigo. Él nunca lo había visitado, pero recordaba vagamente que, cuando había vivido allí, existían temporadas en las que extrañaba a alguien querido, hasta que al final ese alguien caía en el olvido y, sin esperarlo, un día regresaba, pero siendo otra persona totalmente distinta.
Se levantó, e intentó atisbar su altura. Saltó, tras tantear la pared en busca de rendijas que no encontró, y le pareció notar cómo con la punta de sus dedos rozaba el borde del pozo. Volvió a intentarlo, con un poco más de fuerza en el salto, y sintió de nuevo el borde. Pero algo le decía que no iba a salir de allí. Nada había donde apoyarse en las lisas paredes, y ese borde, resbaladizo por la humedad, era como intentar aferrarse a una losa de hielo.
Inevitablemente, tras inútiles intentos, volvió a él ese sentimiento de frustración tan familiar. Pero siguió luchando por salir, poniendo todo su empeño. Nada consiguió. Sólo hacerse daño. Y tras esto, se instaló en él la comprensión, el saber que nada podría hacer, y junto a ella, la desesperación, ambas tan unidas en demasiadas ocasiones.
Gritó, golpeó la piedra, desató toda su rabia, hasta que se derrumbó en el suelo casi desmayado, y sintió la visita de la resignación, la aceptación de una situación que, tras intentarlo, sabía no podría cambiar.
Su mirada perdida creyó ver cómo en un instante un pequeño rayo de luz cruzaba la habitación. Su corazón sintió en la lejanía una esperanza remota. Intentó gritar, pero ni fuerzas tenía ya para ello.
La luz no volvió, la oscuridad lo envolvió. Recordó, quizá por similitud, el pozo figurado en el que había pasado tanto tiempo de su vida tras enamorarse de aquella muchacha, y éste, en el que se encontraba ahora, le pareció incluso más acogedor. Y al recordarla, y guardarla en su corazón, sus otros recuerdos por fin escaparon, le abandonaron, al igual que tantas otras cosas lo habían hecho.
Este era el rincón del olvido. Como no, olvidado. Quizá el lugar que le correspondía, el que había estado buscando. Y por suerte, sabía que nadie iba a echarle de menos.
.- SENS

Suerte...
... solían desearle en muchas ocasiones.
Él también lo hacía, era algo normal, podría decirse que incluso una costumbre, desear suerte a quienes debían afrontar, en un futuro no muy lejano, alguna situación o circunstancia no siempre fácil de lograr o superar.
Suerte en la vida...
... era otro de esos deseos que la gente expresaba a quienes apreciaba, y sabía, o pensaba, no iba a volver a ver en un tiempo, tiempo que a veces era eso mismo, toda una vida.
Suerte, tanto la una como la otra, en la que no creía.
Si algo había conseguido en su vida, había sido esforzándose, luchando por ello. No gracias a la suerte. Si algo no había logrado, aún dando todo de sí, no fue debido a la mala suerte. La causa de ello, a veces desconocida, tenía sus raíces en él mismo. Pues tanto victorias como derrotas, éxitos y fracasos, dependían finalmente de él.
Y aunque no siempre lo había creído así, ahora estaba convencido de ello.
- Tengo que irme ya... - le dijo ella -. Creo que no nos volveremos a ver antes de que me marche, y no creo que vuelva por aquí hasta el año que viene. Así que... que vaya bien... - Gracias... y suerte... espero que tengas mucha suerte en la vida... - pudo decirle él, aún sintiendo que la perdía todavía más de lo que ya lo había hecho.
- Toma. Lo que me pediste, aunque no me gusta como salgo - dijo ella, esbozando una tímida sonrisa, mientras le entregaba una foto suya -. Bueno, me voy... - se despidió, dándole dos besos.
Y, con estas palabras, se dirigió hacia la puerta, donde la estaba esperando aquél muchacho que tendría la suerte de acompañarla allí dónde ella iba.
"La suerte... no", se dijo para sí mismo. No era la suerte lo que había hecho que él no ocupase el lugar de aquél que ahora estaba al lado de ella. Simplemente, no había sabido ganárselo, luchar por ella. Claramente, nada tenía que ver en ello la suerte. Su mala suerte.
Miró la foto, que sujetaba como si de un tesoro se tratase, en su mano temblorosa. Apreció la belleza de aquel rostro que, apenas unos segundos antes, había tenido frente a sí mismo y no volvería a ver en mucho tiempo, y la guardó cuidadosamente en el fondo de su cartera.
Se dijo que siempre la llevaría allí, cerca, y tan adentro como ella lo había estado en su corazón.
Quizá le diese suerte... esa suerte en la que no creía, pero necesitaba.
.- SENS

Iban a despedirse ya, tras otro día compartido, cuando el viento le trajo unas tímidas y casi inaudibles palabras a sus oídos, como si viniesen de muy lejos.
- Te quiero.
- ¿Cómo? - preguntó ella.
- Sí... te quiero. Mucho. - repitió él.
- ¿Me quieres? ¿Qué dices? ¿Por qué dices eso? ¿Cómo sabes que me quieres?
- No sé... te he cogido cariño, me siento bien a tu lado, me encanta hablar contigo, estar contigo...
- Me alegro, porque yo también me siento bien estando contigo.
Él esbozó una leve sonrisa. Ella siguió diciéndole...
- A mí también me gusta hablar contigo, reír contigo... compartir momentos, y por supuesto, en ese sentido también te quiero.
- Pero... ¿sientes algo por mí?
- Claro. Amistad, cariño, confianza...
- Yo me he enamorado de ti... - se atrevió a decirle él, con unos ojos brillantes, mirando los suyos.
- No. No es así. No has podido enamorarte de mí.
- Sí. Lo he hecho. Me encantas...
- No. Eso no es amor. Puede que te guste, puede que lo pasemos bien cuando estamos juntos, que te sientas bien conmigo, pero no tiene por qué ser amor.
- No sé si es amor o no... Lo que sí sé es que te quiero...
- Y saberlo me hace sentir bien, y te agradezco que me lo hayas dicho. Yo también te quiero, de verdad, pero no siento nada más allá del cariño que hemos compartido hasta ahora.
Él bajó la mirada. - Lo siento... - se disculpó ella.
- Nada. No te preocupes. Es culpa mía. He vuelto a confundir sentimientos, y a encapricharme de una amiga a la que quiero mucho.
Al decir esto, se rompió la capa que sostenía sus lágrimas, y estas brotaron sin control.
- Jo... lo siento. No quiero que te sientas mal. No quiero que sufras por mí... - le dijo ella, pues no quería hacerle daño -. Míralo de este modo: ahora ya me lo has dicho, ya conozco tus sentimientos, y no podrás arrepentirte de no haberlos expresado nunca. No tienes que sentirte mal, ni avergonzado, pues es algo bonito. Y quiero que sepas que aquí seguirás teniendo a la misma amiga que hasta ahora.
- Gracias... - dijo él, ya sollozando.
Ella, entendiendo cómo se sentía, le dio un largo abrazo, posiblemente el primero desde que se conocían, y luego le besó en la mejilla.
- Eres un encanto...
Fueron las últimas palabras que ella pronunció, con una gran sonrisa, para cerrar ese momento tan especial para él, mientras le daba la espalda y se marchaba, como dejando el escenario tras la escena final de una función teatral.
Quizá ese momento no había sido más que eso, el último acto de una función teatral en la que todo estaba ya escrito.
Quizá ese momento no había sido más que un sueño, pues, en la realidad, las muestras de un amor no compartido se convierten en burlas, desprecios, vejaciones hacia quienes intentan expresar sentimientos.
O quizá realmente tenía una amiga que valía la pena, alguien especial que lo entendía, comprendía su sentimiento y, a su modo, lo quería.
Deseaba que así fuese.
Permaneció un tiempo casi inmóvil, allí parado, mirando el suelo, hasta que pudo volver a levantar levemente la cabeza y empezar a andar hacia su casa.
No sabía qué le deparaba el mañana, pero sí lo que no iba a suceder.
Un sueño menos que intentar hacer realidad.
Una noche más en vela, sin poder soñar.
Se le estaban terminando los sueños a causa de tantas noches en vela.
.- SENS

De nuevo esa sensación. El corazón golpeando en su interior, el típico nudo en la garganta, las manos frías, las piernas temblorosas, los ojos cristalinos, a punto de desbordarse.
Una vez más, ella había elegido a otro para mostrarle su cariño, para permitirle disfrutar de su compañía, de su sonrisa, de su mirada.
Envidia. Dolor. Tristeza. Frustración. Temor. Angustia.
Era tal la mezcla de sentimientos y sensaciones producidas por tal hecho, que siempre acababa del mismo modo; huía en silencio a algún lugar solitario, en el que poder llorar, y en cada lágrima derramada desechar una ínfima parte de cada uno de los sentimientos sentidos en ese momento.
Nunca nadie acudía en su búsqueda. Tampoco nadie le echaba de menos. Puede que con razón.
Al día siguiente, tras una noche en vela o, casi peor, de dolorosos sueños, la volvió a ver. La saludó, como siempre hacía, como siempre iba a hacer. Le preguntó cómo estaba, pues a pesar de su dolor, dolor por ella conocido, deseaba su felicidad, porque ella era su amiga, y la quería. Y sabía que querer no es poseer, no es querer tener. Querer es desear lo mejor a aquella persona a quien quieres.
Y aún sin comprender entendía que ella pudiese amar a alguien, a otro, tanto como él a ella, que se había convertido en el centro de su vida, en la razón de sus lágrimas y sonrisas, de sus sueños y pensamientos.
Y demasiadas veces pensaba cuán fácil era el tránsito de la amistad al amor, y qué doloroso y difícil es el tránsito de éste a la amistad, aún cuando el amor fue rechazado y nunca se hizo realidad.
Pero seguiría luchando, contra él mismo y sus sentimientos, por ella.
Por la amistad. Por su amiga.
Pues la quería.
.- SENS

Apartó las gafas de su padre, dejadas allí seguro tras una de esas consultas que realizaba, cada vez más frecuentemente, buscando palabras ya olvidadas. No sabía por qué hacía eso. Nunca le había preguntado, pero no le daba mucha importancia.
Cogió el viejo diccionario, pasó las páginas hasta la letra I, y comenzó a buscar.
Ironizar. iroqués. irracional: adj. Que carece de razón.
No encontró en dicha definición ejemplos de cosas o situaciones irracionales aplicables a su vida, pero no era necesario. Los conocía bien.
No existía órgano más irracional que el corazón, ni sentimiento más irracional que el amor.
Seguía enamorado aún sabiendo que su amor no era correspondido.
Y cada vez que la veía, cada vez que ella le dirigía un tímido 'hola' acompañado de una de esas miradas que dicen más que las palabras, y en la que podía leer 'yo también te quiero, pero de otro modo'; cada vez que esto ocurría, su corazón temblaba de emoción mezclando sentimientos de comprensión, pues la entendía, y de tristeza, pues la quería.
Ese era el sinsentido que no lograba entender.
Era esa la sinrazón que le oprimía el corazón.
Sentir en solitario un sentimiento que, en teoría, debía ser compartido. Amar sin ser amado, querer sin ser querido, al menos del mismo modo.
Pasó, sin apenas darse cuenta, varias hojas del diccionario que todavía tenía en sus manos, y sus ojos se posaron casualmente en otra palabra: abrazo. No necesitaba leer la definición. Lo que necesitaba era vivir sus ejemplos. Sentir su calor. Darlos y a la vez recibirlos.
Sin razón alguna.
.- SENS

Siempre llegaba a casa de la misma forma, cabizbajo, acompañado a veces por la luna, guardiana de sus secretos. Otras, por nubes de frustración, que cubrían la poca luz que ésta le ofrecía, vagas esperanzas de tiempos mejores.
Nadie le había enseñado a querer. Tampoco a soportar el sufrimiento. Nadie le había mostrado la diferencia entre ambas cosas, y estaba casi convencido de que una de las dos palabras sobraba, pues para él ambas significaban lo mismo.
'Te quiero', había dicho ya en demasiadas ocasiones, sin lograr a cambio una sola sonrisa.
'Te sufro', iba a probar a decir en algún momento. Seguro, la reacción por parte de quien lo escuchara no iba a ser muy diferente.
Ya decidiría luego cuál de las dos palabras eliminar de su vocabulario, frustrado como estaba de pronunciar la palabra quiero, y harto de sentir tan intensamente la palabra sufro.
Difícil elección.
.- SENS

Las comparaciones no siempre eran odiosas.
Su estado depresivo sólo le dejaba ver la suerte de aquellos que consideraba mejores que él. Envidiaba a quienes tenían algo que él deseaba, y la aparente felicidad que muchos mostraban. Siempre parecía que quería aquello que nunca lograría, que sólo podía disfrutar con lo que no tenía, que no sabía apreciar y valorar todo de cuanto disponía. Y se lamentaba por ello demasiado a menudo.
Estas eran las comparaciones odiosas.
Pero desde hacía un tiempo, había abierto los ojos, aunque sólo fuese un poco.
De vez en cuando pensaba en tanta gente que carecía de prácticamente todo, y se comparaba con ellos. Gente que luchaba por conseguir cosas para él insignificantes, personas que sufrían y a pesar de ello sonreían.
Y él, allí estaba, deprimido y llorando por una razón cuyo peso era prácticamente nulo.
No tenía sentido.
Quizá necesitaba poder ver la cruda realidad, ahora distorsionada por una especie de neblina creada por él mismo, para dejar de autocompadecerse. Para dejar de sentirse víctima y comprender cuán afortunado era (y sigue siendo.). Para saber que, a pesar de que le faltaba ese algo, o más concretamente, esa "alguien" que tanto deseaba y quería, tenía todo cuanto necesitaba para poder ser feliz. Y, a pesar de ello, apenas sonreía alguna vez.
Demasiada hipocresía y egoísmo. Demasiado victimismo sin razón. Demasiados lamentos absurdos.
Las comparaciones no siempre son odiosas.
A veces sirven para abrirnos los ojos y nos muestran claramente lo ridículo de nuestro sufrimiento, el sinsentido de nuestra depresión.
.- SENS

La última nevada del invierno había dejado un paisaje espléndido. Todo blanco, de un brillo cegador cuando un rayo de sol escapaba de entre las nubes y se reflejaba en el manto unicolor que cubría cuanto se veía alrededor.
Siempre le impresionó cómo la nieve lograba tapar y ocultar casi cualquier cosa. Podías acostarte un día, y al siguiente, despertar y observar un lugar que nada tenía que ver con el del día anterior.
Cogió su chaqueta y salió a dar una vuelta. Le gustaba pisar la nieve, le traía recuerdos.
Tras su lento caminar por varias calles y sin encontrar a nadie, llegó a un parque. En su centro, una fuente redonda por la que ahora no surgía una sola gota, tenía el agua congelada. A su alrededor, unos niños jugaban con la nieve fresca. Sus risas y gritos de entusiasmo le hicieron recordar tiempos pasados.
Uno de ellos se acercó a la fuente y se quedó absorto mirándola. El hielo parecía un espejo. Lo golpeó, pisoteó y le tiró una piedra, pero este permaneció intacto. Desanimado, el niño se dirigió hacia otra zona de la gran fuente, donde llegaban unos tímidos rayos de un sol apenas elevado en el cielo. Lanzó una pequeña bola de nieve, más por rabia de no haber conseguido lo que quería que por cualquier otro motivo, y un gran pedazo de hielo se quebró haciendo saltar innumerables gotas de agua que salpicaron a quienes estaban alrededor, provocando una gran carcajada entre los que allí se encontraban.
Sin querer, sin confianza, aquel niño había logrado su propósito.
Dejó la escena atrás, y siguió su paseo.
Al igual que el hielo podía romperse, como acababa de observar, también lo había hecho su corazón, tiempo atrás. Ahora, seguía ahí, pero tan frío como el mismo hielo, y a la vez tan frágil, tan duro y difícil de quebrar en ocasiones, aunque nunca imposible. Un poco de calor bastaba para deshacer cualquier cosa helada, por muy fuerte o grande que esta fuese. Un poco de calor era lo que él necesitaba para liberar un corazón demasiado tiempo aislado de toda fuente de cariño.
Al llegar a su altura, bajó la mirada, como siempre hacía al pasar por delante de aquella casa, no por miedo a quien allí vivía, sino por miedo a recordar a quien ya no lo hacía. De repente, alguien le agarró por el brazo. Giró la cabeza, y tras la inicial ceguera producida por un sol ya dominante en el cielo, empezó a distinguir. No podía creerlo. Había pasado tanto tiempo que ya apenas recordaba aquella sonrisa. Sus orejas, antes heladas, enrojecieron al instante.
.- SENS

Siempre que le preguntaban, decía que la felicidad era casi siempre aparente.
Cada día, al salir a la calle, intentaba mirar a los ojos a todas aquellas personas que se cruzaba en su camino. Muchas sonreían, o intentaban hacerlo, o intentaban hacer creer a los demás que lo hacían. Algunas le devolvían la mirada, intrigadas, como preguntándose por qué les observaba de ese modo alguien que no conocían.
Otras continuaban andando impasibles, con sus ojos fijos en un punto distante, quizá inexistente, pero que les permitía seguir adelante sin tener que mostrar sus preocupaciones o angustias a quienes, como él, les dedicaban por unos segundos su atención.
Pero la mayoría de ellas, cabizbajas, como dirigiéndose hacia un lugar sin rumbo, pero siguiendo un camino más que conocido, y repetido, ni tan sólo se daban cuenta de que se les ofrecía esa mirada, o tal vez se sentían tan observadas que preferían evitarla, ignorarla.
No siempre se daba el caso, pero en algunas contadas ocasiones, como si de una de esas circunstancias que se producen al azar se tratase, cuando ofrecía una mirada a los ojos de una persona que se encontraba por casualidad en cualquier lugar por el que pasaba su camino, ésta sonreía, y transmitía tal sensación de tranquilidad, calma, alegría... paz, que le impedía pensar que tal estado, el de plena felicidad, no existiese. Y la sonrisa sólo le producía un efecto: sonreír. Y ese era uno de los mejores momentos en su no muy feliz vida: notar de algún modo la felicidad, aunque fuese la de una persona desconocida, aunque no fuera la suya.
Por eso, siempre que le preguntaban sobre la felicidad, decía que la felicidad era casi siempre aparente. Pues él no la conocía en su persona, no era feliz, sabía que no estaba presente en muchas otras gentes, pero también estaba seguro de que existía.
Y para quien comprobarlo quería, siempre daba el mismo consejo: "Sal a la calle, mira a la gente a los ojos. Verás una felicidad casi siempre aparente, pero, con un poco de suerte, encontrarás esa mirada, ese gesto que, aún sin quererlo, sólo dice una cosa: soy feliz. Y a cambio de tu mirada, recibirás una sonrisa que no podrás evitar devolver. Y a partir de ese momento, seguro serás un poco más feliz al saber que existe ese estado casi siempre aparente, pero algún día presente: la felicidad. Tu felicidad."
Tras estas palabras, tenía por costumbre mirar a los ojos a cada una de las personas que lo acompañaban. Y al hacerlo, sonreía.
.- SENS

Y pensando por el simple hecho de pensar, pensó en un río.
Y como dejándose llevar por su corriente, reflexionó.
Fuente de vida, precioso y delicado manantial, poderoso torrente, un río podía representar diferentes etapas de una vida, o, a su vez, diferentes vidas.
Desde su nacimiento hasta su muerte, pasaba por multitud de obstáculos, unos provocados, otros encontrados por pura coincidencia. A veces, sucumbía a ellos sin remedio. Otras, los arrasaba, desbordando tal fuerza y convencimiento que ya nada ni nadie podía torcerle en su rumbo.
Nervioso, rápido, incluso por momentos peligroso, directo sin apenas rodeos en su inicio, se transformaba en un remanso de paz cuando hacia el final de su curso llegaba a las planicies, fronteras de su lecho de muerte, que regaba con un valioso tesoro obtenido en su camino.
Fugaz y breve en ocasiones, asombrosamente longevo en otras, cada río recorría el rumbo que se había trazado a lo largo del tiempo, y se nutría de pequeños riachuelos, como si de desinteresadas ayudas proporcionadas por quienes se encontraba a su paso se tratase.
Sólo existía una forma de acabar con la esencia que lo componía. Cuando su cauce se secaba, como un alma que se marchita al ser abandonada, nada tenía ya sentido, el río como tal ya no existía. Yacía allí, retorcido, cual esqueleto recordando el lugar en el que existió.
Pero su muerte no siempre era tal. De ella podía despertar encontrando un nuevo manantial, una fuente, la preciada lluvia que lo colmara y, con ella, volver a sentir la fuerza que un día le ayudó a seguir adelante.
Y como llegando a la orilla tras recorrer su curso, salió de su pensamiento.
Pues sí, un río representaba todo cuanto él habría querido ser. O, pensándolo bien, puede que su vida fuese también como un río. Pero hubiese preferido ser uno diferente, longevo, fuerte y caudaloso, con numerosos manantiales a lo largo de su cauce que le ayudasen y pocos obstáculos que superar fácilmente.
Pero, lamentablemente, no era así, y al igual que ese río que podía compararse con su vida, debía seguir luchando contra las barreras, apreciando las ayudas recogidas en su caminar por muy duro o pesado que este fuera, y poniendo en cada gota de agua que formaba su esencia vital la alegría y felicidad necesarias para que esta fuese tan valiosa como la de aquel manantial que tras avanzar sin rendirse logra morir en el mar.
.- SENS

Despertó empapado en sudor. No recordaba si a causa de una pesadilla, o del agobiante calor que formaba parte de esas noches de verano. Por la ventana entreabierta no entraba más que la tenue luz de una luna llena más pequeña de lo habitual. Ni un simple soplo de brisa, ni una pizca de viento que presagiara la tormenta que, decían, iba a llegar esa noche de sábado.
Se incorporó levemente, encendió la luz que tenía junto a su cama y cogió el libro que hacía no más de un par de horas estaba leyendo. Lo abrió por la página marcada y se adentró en su mundo, ajeno a la realidad, acompañado por los personajes e historias que éste contenía.
E inevitablemente, se sumió de nuevo en un sueño irreal.
Lo sobresaltó el sonido de un terrible trueno que hizo temblar los cristales abiertos de los ventanales de su habitación. A éste le siguieron otros, y multitud de rayos que iluminaban la oscura noche, cubierta la luna de negras nubes, un frío viento agitando las altas ramas de grandes olmos. Empezó a llover. Se dirigía a la ventana para cerrarla, cuando de repente se apagaron todas las luces. Al instante, un rayo cayó a pocos metros frente a su ventana, iluminando todo alrededor.
La lluvia arreciaba, acompañada de pequeñas piedras que aumentaban poco a poco su tamaño, cuando le pareció ver a alguien en la calle. Una muchacha. Intentaba llegar corriendo a algún sitio donde refugiarse. Empapada, las piedras la golpeaban, la oscuridad la envolvía. Creyó verla tropezar cuando un rayo volvía a caer cerca del lugar. Así era. Tumbada en el suelo, magullada, levanto su cabeza hacia la ventana en la que él se encontraba. Sus miradas se cruzaron, la de ella pidiendo ayuda, la de él sintiendo lástima. Sin pensarlo, corrió hacia la calle. Debía ayudar a aquella pobre muchacha. Quería ayudar a aquella pobre muchacha.
Abrió la puerta de su casa y salió en dirección al lugar en el que la había visto caída por última vez. La luna, que se abrió paso en un claro entre las nubes, iluminó con un pequeño rayo la calle encharcada. Nadie había allí.
De repente, la lluvia se apaciguó, la luz regresó iluminando tenuemente su habitación. Perplejo, tras mirar alrededor buscando a aquella chica, volvió a su casa, subió hasta su cuarto. Se asomó una vez más a la ventana, abierta todavía, y miró el suelo de la calle. Sólo quedaban los restos de aquella breve pero intensa tormenta, el cielo se despejaba, mostrando de nuevo las estrellas. Cerró los ventanales y volvió a la cama, empapado y frustrado por no haber encontrado a aquella muchacha.
Sin quererlo, su vista se posó en el libro que estaba leyendo, abierto al azar. La página empezaba con las siguientes frases:
"Volveré con la próxima tormenta, para que sepas que no eres tú el único que está sufriendo, para que sepas que no eres tú el único que arrastra ese dolor, sino que es compartido por muchos otros. Podrás verme, pero no ayudarme, al igual que yo a tí, pues tú también vendrás a mí.
Volveré con la próxima tormenta para que dejes en ella tus lágrimas, como hemos hecho todos. Volveré con la próxima tormenta para que sepas que no estás solo. Para que sepas que un día me encontrarás. Y yo a tí."
.- SENS

La nula autoestima de la que disfrutaba no le era suficiente para quererse. Cada vez se abandonaba un poco más, se importaba un poco menos. Y al no apreciarse a sí mismo, difícilmente podía apreciar a las demás personas. Y al no sentirse especial, difícilmente podía serlo para alguien. Ciertamente, creía que nunca lo había sido.
Aún así, quería sonreír, pero no encontraba motivos. Quería sonreír sin motivo, pero no lo conseguía. Quería sonreír aunque sólo fuese para hacer sonreír, pero algo se lo impedía. Quería aprender a apreciar las sonrisas de aquellas personas a las que apreciaba, pero tampoco lo lograba.
Aunque más que sonreír, lo que quería era querer. Era poder querer. Era sentir que sentía. Y vivir cada día compartiendo una sonrisa, sin prisa por encontrar lo que no tenía, pues tendría todo cuánto querría, todo cuánto necesitara, una persona a quien amaría.
Era eso lo que más deseaba, eso era de lo que más carecía. Pero no desistiría en su deseo, algún día lo lograría, o al menos lo intentaría, pues seguro, lucharía. No dejaría pasar de largo sonrisas, palabras, miradas, dirigidas hacia él como si de un regalo se tratasen. Las devolvería, intentando que fuesen mejores todavía. Pues más que ser feliz, lo que deseaba era hacer feliz. Pues haciendo feliz, lo sería también él.
Lo que no lograba comprender era el por qué necesitaba de alguien a su lado para sentirse bien.
"Me voy ya..." dijo al despedirse. La, como casi siempre, inexistente respuesta le acompañó durante un rato, como burlándose de su costumbre a hablar o callar cuando no debía. Él ni se inmutó, y siguió andando, con paso lento, pero a la vez firme y decidido.
Marchó en busca de algo más que lágrimas en sus sentimientos, de algo más que reproches en sus lamentos.
Marchó en busca de algo más que silencios en sus palabras.
.- SENS

El primer escalón fue siempre el más difícil. No por su altura, igual a la de los demás, ni por ningún otro aspecto físico. Más bien, por ser el primero. El inicio, el primer obstáculo.
Muchos nunca han logrado superarlo. Tener las fuerzas suficientes para subirlo y mantenerse allí, y luego seguir subiendo; o las fuerzas necesarias para tras caer, levantarse y volver a afrontarlo.
Muchos más ni tan sólo se atrevieron a intentarlo.
Otros, al igual que él, consiguieron hacerlo. Superar ese escalón inicial. En el primer, segundo o incontables intentos, pero lo importante es que lo consiguieron. Y tras éste, los demás peldaños de la escalera les parecieron no menos peligrosos, aunque sí más asequibles después de la experiencia adquirida al haberse enfrentado al primero.
Ahora él se encontraba en el segundo escalón. Había llegado incluso al tercero, pero cometió un error que le hizo resbalar y, por suerte, no caer al principio, al inicio, a la impotencia de no haber conseguido avanzar nada, sino que aguantó en el segundo, y se afianzó allí, al menos, por un tiempo.
Eran tres los escalones que había logrado alcanzar, de una escalera cuyo final no podía apreciar. Frustrante quizá, pero había decidido no abandonar, no dejarse caer. Era lo más fácil. Además, siempre podía volver atrás, pero eso era algo que no quería hacer. Prefería la incertidumbre del futuro, los peldaños que le quedaban escalar, a la certidumbre de un pasado que no le satisfacía.
Recuperó fuerzas e intentó proseguir. Todo cuanto deseaba era llegar al final, superar cada escalón que podía hacerle tropezar. Y aunque no veía mucho más allá de unos cuantos metros, esperaba encontrar algún descanso a lo largo de aquella subida, o, por qué no, algún escalón de bajada que le ayudase en su camino.
No todo en la vida eran peldaños cuesta arriba, aunque hasta entonces así habían sido los momentos que él había logrado, en parte, dejar atrás. Por suerte, ahora existían ascensores y otras formas de afrontar una subida. Eran como amistades que le llevaban en volandas hasta dónde fuese necesario. Pero casi nunca las utilizaba, pues temía quedarse encerrado en alguna de ellas, confundir sentimientos y no poder ver más allá, o peor, perderlas, y hundirse, caer como por el hueco de un ascensor al desprenderse éste.
Prefería las escaleras, aunque ya casi nadie las utilizase. Dejar peldaños atrás y, con suerte, encontrar a alguien con quien compartir la subida. Con quien llegar al final y disfrutar de cada escalón superado, de cada logro conseguido.
.- SENS

La altura era la de unas cinco plantas. Más que suficiente. La caída y posterior golpe contra el empedrado lecho del río sería fatal. O más que fatal, sería una suerte.
En su no muy larga vida, pocas veces había conseguido lo que quería, pero esta no sería una más de tantas derrotas. Cerró los ojos, y recordó por última vez.
Anoche estaba esperándola. Iba a ser uno más de los momentos que compartían, pero a la vez, único, pues estaba decidido a decirle todo cuanto le había ocultado. A decir por primera vez a alguien, te quiero.
Su tardanza le hizo pensar que había cambiado de planes, pero no se atrevió a llamarla. A punto ya de marchar, sonó el teléfono. Lo que escuchó le dejó helado. Un sudor frío empapó su cuerpo. No podía ser. Hoy no.
En el entierro no pudo mirar una sola vez el ataúd.
Ahora, acompañado por una suave brisa, ausente, sólo quería dejarse llevar, salir de este mundo, volver a verla. Poder decirle aquello que nunca había dicho.
Sintió la sensación de caída, pero nada más.
Despertó en el hospital. Le dijeron que se había desmayado en la puerta. Pensó en ella. Recordó que había venido a verla. El accidente la había dejado en coma, por lo que le recomendaron no visitarla.
Un taxi le llevó a casa. Al cruzar un puente sobre un río, sintió esa misma sensación de caída que en el sueño. Vértigo al futuro. Miedo a que a pesar de que no había muerto, nunca despertara, nunca pudiese decirle cuánto la quería.
Varios días después volvió al hospital. Le guiaron hasta otra habitación, cosa que le dio esperanzas. Al verla, una lágrima resbaló por su mejilla. Te quiero, fue lo primero que él le dijo. Una sonrisa pareció formarse en sus labios.
.- SENS

Siempre se preguntó si los espejos reflejaban la realidad. Si lo que se veía era realmente cuanto acontecía a su alrededor. Si quien se mostraba en aquella imagen era la misma persona que posaba ante ellos.
En ocasiones, cuando se miraba en algún espejo, no se reconocía. No le daba gran importancia. Muchas veces tampoco se reconocía en su forma de actuar o de sentir, y no por ello dejaba de ser quien era.
Un sueño se repetía a menudo en su mente, desvaneciéndose su recuerdo al despertar. Un bosque, nieve, un espejo en mitad de la nada. Inicialmente vacío, sin reflejar ni tan sólo aquello que tenía delante, se formaba un paisaje ajeno al que debía mostrar cuando paso a paso se acercaba a él. En el lugar que debía ocupar su imagen, aparecía alguien extrañamente lejano, pero a la vez familiar. Sin palabras, sólo con una mirada casi idéntica, intercambiaban infinidad de sensaciones, emociones que le hacían sentir paz, y se dejaba llevar. En ese momento terminaba el breve sueño. Y despertaba, pausadamente, en calma, sintiendo una enorme sensación de fortaleza ante el nuevo amanecer.
Un día, al fin, recordó. Despertó con la imagen del espejo guardada en la retina. Sin haber visto nunca a aquella persona, supo quién era. Alguien que llevó su misma sangre en las venas. Alguien que quizá se marchó para dejar paso a su vida.
Intentó dormirse de nuevo para recuperar aquél momento, pero había huido. Quizá para siempre, puede que porque finalmente había comprendido.
Pasado esto, nunca volvió a sentir soledad. En algún lugar tenía alguien que le entendía, sentía su compañía. La tristeza se transformó en alegría, gratitud por poder disfrutar de una vida que quizá no le pertenecía.
Tras tiempos de inútiles lamentos, su única preocupación fue a partir de ese momento repartir sonrisas, regalar caricias.
Y recibir sólo de parte de aquellas personas con voluntad de ofrecer.
.- SENS

De los árboles caían pesadas las últimas hojas. Los días se acortaban, como los paseos al atardecer, como las conversaciones a la intemperie cuando dos conocidos se encontraban.
El otoño era la estación que más le gustaba. La única en la que no se sentía solo, sino acompañado por algo tan valioso como la naturaleza. En este lado del mundo todo se ralentizaba, la vida se hacía más pausada, o simplemente, se ocultaba. Y se sentía tan identificado con esta estación, que su vida parecía un perpetuo otoño.
Para muchos triste, melancólico, infeliz... el otoño era para él la mejor época en la que compartir emociones. El ya incipiente frío propiciaba según él la búsqueda de un corazón en el que resguardarse, el más temprano anochecer otorgaba mayor tiempo de oscuridad para derramar lágrimas de felicidad, o para compartir momentos de esos tan especiales.
Puede que para quien lo observara desde la lejanía no existiese sentido a la sonrisa que casi siempre mostraba en esta época. Pero era sincera. Sonreía al recordar a esas personas a las que algún día había amado, aún sin poder. Sonreía al creer que tenían un corazón en el que resguardarse, puede que no tan grande como el suyo, pero seguro más deseado. Más querido.
Pero aun así, sonreía por ellas, pues siempre deseó su felicidad.
Poco a poco caía la noche, el frío arreciaba, apenas quedaba ya nadie en la calle encharcada. Apresuró sus pasos en dirección al albergue, donde con suerte podría comer algo o, al menos, dormir. Si así no fuese, los cartones serían una buena compañía para sobrevivir una noche más en la calle, y soñar en que no eran esos simples envoltorios de objetos, con quizá más sentimientos que muchas personas, quienes lo arropaban.
Mañana sería otro feliz día de otoño.
.- SENS

Cabizbajo, llegó por fin a casa. No había sido una buena noche, seguramente como consecuencia de su estado de ánimo, casi nulo. Desde un tiempo a ese momento presente, nada era como antes. Todo había cambiado. Sobretodo él. Cuanto acontecía a su alrededor lo vivía como un sueño, como un mero espectador, incapaz de hacer nada por cambiar lo que sucedía. Aún cuando se daba la circunstancia de poder sentirse despierto, vivo, no tardaba en agazaparse y protegerse de nuevo en su mundo, no del todo ideal, aunque fuese el suyo.
Dejó la frialdad en el umbral, al lado de algunos sentimientos que habían quedado allí como restos de tiempos mejores. No es que le gustase mostrarse frío a los demás, pero sin esa protección creía desnudas emociones que no quería mostrar, pues nunca fue bueno que surgieran al exterior.
Sin saber muy bien por qué sentía tal necesidad, reunió sus pensamientos para escribir y empezó su relato: "Cabizbajo, llegó por fin a casa. No había sido una buena noche..."
En aquella madrugada no pudo, o no supo, terminarlo. Se dijo que quizá lo haría en otra de esas solitarias noches que tanto se repetían, pero en su interior deseaba nunca acabar de escribirlo. Olvidarlo, destruirlo, dejar de sentirse identificado en cada palabra.
.- SENS

A punto de caer la última hoja. La última esperanza de sobrevivir a la pérdida, el último recuerdo de tiempos mejores. Un mínimo soplo de viento, una pequeña vibración, pueden hacerla desprenderse, como mostrando la fragilidad con la que perduran los buenos momentos, como mostrando la facilidad con la que éstos pueden quebrarse. Y luego, un largo período de letargo. Siempre demasiado largo, pues aunque en realidad no lo sea, siempre lo aparenta. Triste, frío, sombrío, intentando resistir todos los golpes, resguardando en su interior la vida, la esperanza. Deseando que llegue un día en el que volver a renacer, aguanta, resiste.
Cierto es que envidia a aquellos cuyas hojas nunca caen.
No menos cierto es que si logra superar su letargo, nuevas hojas volverán a crecer repletas de ilusiones, grandes esperanzas volverán a florecer. Todo será como en una nueva vida, aunque siempre permanezca atado al mismo lugar.
Puede que con el tiempo vuelva a caer otra última hoja. Pero entonces será consciente de que crecerán de nuevo si resiste los malos momentos, y sabrá que de cada ilusión muerta puede llegar a surgir una esperanza viva.
.- SENS

Se sentía extraño en aquél lugar. Ya de por sí inseguro, no estaba a gusto rodeado de tanta gente.
Las experiencias vividas habían hecho nacer en él un sentimiento no de odio, sí de desconfianza en las personas. Y allí más que en ningún otro lado, se sentía solo.
Miró alrededor buscando no sabía muy bien qué, y por una casualidad que tal vez no fue tal, la vió.
Tan real como ideal, no pudo apartar sus ojos de ella. Inevitablemente, finalmente cruzaron una mirada. Pareció detenerse el tiempo. Ni él quiso desviar su atención, a pesar de su inseguridad, ni apreció en ella un sólo gesto en el mismo sentido. Algo más que sangre latió en su corazón.
Entre sus recuerdos no quedó grabado quién rompió ese momento. Quiere creer que no fue él.
Ella desapareció, se desvaneció como un sueño al despertar, y aún buscándola, no la volvió a ver. Nunca.
Lo desconoce, pero él no es el único que recuerda aquella mirada.
.- SENS

Últimamente no sabía cómo ver la realidad. Intentar comprender el por qué de tanta tristeza y desesperación en el mundo, o el por qué cada segundo vivido podía llegar a ser tan especial. Si dar gracias por haber nacido, o lamentarse de ello.
Cerró los ojos durante ese período insignificante de tiempo, y se dejó llevar. Los pensamientos vinieron a él como un torrente de ideas.
En ese segundo en el que todo le pareció paralizado, miles de cosas ocurrían en todas partes. Idas y venidas a la vida. Llantos, lágrimas y sonrisas. Odio y amor. Desesperación y esperanza. Pudo verlo todo como protagonista. Sentir el dolor y la alegría.
Cuando volvió a abrir los ojos, justo un segundo después de haberlos cerrado, empezó a comprender. Lamentarse de nada servía. Debía vivir feliz apreciando lo que tenía. O al menos, intentarlo.
Un segundo después, una lágrima resbaló por su mejilla.
Nunca supo a qué fue debida.
.- SENS

Decidido a abandonar aquél lugar que decía ser su casa, pero que no sentía como tal, abrió la puerta. Al hacerlo, multitud de recuerdos vinieron a su mente. Recuerdos que no había recordado cuando se convenció que debía marcharse, pero que ahora, al abrir quizá por última vez aquella puerta, se mostraron como recientes, como si dicha puerta hubiese retenido y le transmitiese momentos de su vida, siendo la barrera entre la paz y tranquilidad que sentía tras ella, y el resto de vivencias, buenas y malas, ocurridas tras cruzarla.
Si bien se detuvo un instante ante aquella puerta que había quedado entreabierta, estos últimos pensamientos pusieron más peso en el lado de la balanza que le precipitaba a marcharse. Empujó la puerta y la cerró, sin haber cruzado el umbral. La calma de aquella noche de luna llena le incitó a volver a acostarse.
Lo que había intentado no era desaparecer de aquél lugar, sino huir. Huir de su vida. Huir de sí mismo. Algo imposible fuese donde fuese.
Se durmió soñando en aprender a vivir aceptándose.
Al despertar al día siguiente, en una gris y fría mañana, sonrió por primera vez en mucho tiempo.
.- SENS