
Despertó empapado en sudor. No recordaba si a causa de una pesadilla, o del agobiante calor que formaba parte de esas noches de verano. Por la ventana entreabierta no entraba más que la tenue luz de una luna llena más pequeña de lo habitual. Ni un simple soplo de brisa, ni una pizca de viento que presagiara la tormenta que, decían, iba a llegar esa noche de sábado.
Se incorporó levemente, encendió la luz que tenía junto a su cama y cogió el libro que hacía no más de un par de horas estaba leyendo. Lo abrió por la página marcada y se adentró en su mundo, ajeno a la realidad, acompañado por los personajes e historias que éste contenía.
E inevitablemente, se sumió de nuevo en un sueño irreal.
Lo sobresaltó el sonido de un terrible trueno que hizo temblar los cristales abiertos de los ventanales de su habitación. A éste le siguieron otros, y multitud de rayos que iluminaban la oscura noche, cubierta la luna de negras nubes, un frío viento agitando las altas ramas de grandes olmos. Empezó a llover. Se dirigía a la ventana para cerrarla, cuando de repente se apagaron todas las luces. Al instante, un rayo cayó a pocos metros frente a su ventana, iluminando todo alrededor.
La lluvia arreciaba, acompañada de pequeñas piedras que aumentaban poco a poco su tamaño, cuando le pareció ver a alguien en la calle. Una muchacha. Intentaba llegar corriendo a algún sitio donde refugiarse. Empapada, las piedras la golpeaban, la oscuridad la envolvía. Creyó verla tropezar cuando un rayo volvía a caer cerca del lugar. Así era. Tumbada en el suelo, magullada, levanto su cabeza hacia la ventana en la que él se encontraba. Sus miradas se cruzaron, la de ella pidiendo ayuda, la de él sintiendo lástima. Sin pensarlo, corrió hacia la calle. Debía ayudar a aquella pobre muchacha. Quería ayudar a aquella pobre muchacha.
Abrió la puerta de su casa y salió en dirección al lugar en el que la había visto caída por última vez. La luna, que se abrió paso en un claro entre las nubes, iluminó con un pequeño rayo la calle encharcada. Nadie había allí.
De repente, la lluvia se apaciguó, la luz regresó iluminando tenuemente su habitación. Perplejo, tras mirar alrededor buscando a aquella chica, volvió a su casa, subió hasta su cuarto. Se asomó una vez más a la ventana, abierta todavía, y miró el suelo de la calle. Sólo quedaban los restos de aquella breve pero intensa tormenta, el cielo se despejaba, mostrando de nuevo las estrellas. Cerró los ventanales y volvió a la cama, empapado y frustrado por no haber encontrado a aquella muchacha.
Sin quererlo, su vista se posó en el libro que estaba leyendo, abierto al azar. La página empezaba con las siguientes frases:
"Volveré con la próxima tormenta, para que sepas que no eres tú el único que está sufriendo, para que sepas que no eres tú el único que arrastra ese dolor, sino que es compartido por muchos otros. Podrás verme, pero no ayudarme, al igual que yo a tí, pues tú también vendrás a mí.
Volveré con la próxima tormenta para que dejes en ella tus lágrimas, como hemos hecho todos. Volveré con la próxima tormenta para que sepas que no estás solo. Para que sepas que un día me encontrarás. Y yo a tí."
.- SENS
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