
La misteriosa luz que veía desde hacía un tiempo lo mantenía absorto.
En la noche cerrada, rodeado de altas montañas nevadas, el cielo cubierto de negras nubes amenazantes, aquella única tenue luz que observaba mientras andaba tambaleante hacia ella era la única esperanza para no desfallecer.
Por suerte, tras vagar durante varios días tan oscuros como noches, y cuando su vista ya casi podía confundirse con la neblina que cubría todo alrededor, en un atardecer mortecino la vio y, como hechizado, no pudo ya apartar sus pasos ni su mirada de ella.
A medida que se acercaba, empezaba a distinguir pequeñas casas formando callejuelas que siempre daban al mismo lugar, una pequeña plaza en la que, sobre una columna en su centro, relucía una esfera amarillenta iluminando todo alrededor.
Y, cuando estuvo ya en la entrada de la pequeña aldea, se sorprendió al comprobar que las calles estaban prácticamente libres de nieve, y que el ambiente era varios grados más cálido que el que la rodeaba.
Aún así, el frío pasado, el hambre y la falta de fuerzas hicieron que se derrumbase al sentir por primera vez en mucho tiempo esa sensación de bienestar.
Despertó en la cama de una habitación en la que se colaban por las ventanas unos rayos de luz que la mantenían en semipenumbra, como dejando la suficiente oscuridad para poder dormir plácidamente, pero a la vez impidiendo que ésta, temida por tantas gentes, la ocupara.
Se incorporó, y no tardó en darse cuenta que nada le dolía, que las heridas del camino estaban curadas, que el hambre estaba saciada.
Cogió sus pocas pertenencias, amontonadas en un rincón, y salió a la calle.
La luz era la misma que recordaba del día en el que había llegado a aquél lugar. Era de noche, pero todo alrededor parecía iluminado, cada rincón, cada esquina se veía perfectamente. Y, al igual que la vez anterior, nadie había en las calles.
Se dirigió hacia la cercana plaza desde la que provenía la luz, y allí observó detenidamente lo que la producía. Una esfera, no más grande que su mano, estaba posada sobre una pilastra unos centímetros mayor que él. De colores rojizos y amarillentos, irradiaba una luz brillante, pero que no molestaba a la vista, y aún notando que el plácido calor ambiental procedía de ella, se repartía por igual alrededor, no siendo más fuerte en su fuente que en cualquier otro lugar de la aldea.
Algo, mayor que su voluntad, similar a la sensación que puede producir un sentimiento, le hizo acercarse a ella y cogerla. La inexplicable placidez sentida en ese momento fue suficiente para que, en lugar de depositar de nuevo la esfera en su lugar, la guardara entre los trapos que llevaba como equipaje y se alejase apresuradamente del lugar.
Al hacerlo, comenzó a nevar. El viento se levantó, como despertando con furia de un apacible sueño. La oscuridad todo lo envolvió.
No logró avanzar mucho desde las últimas casas de la aldea antes de caer de rodillas. Y en ese instante, sólo se le ocurrió sacar la esfera, esperando que le ofreciera parte de su calor. Al tocarla, notó como un pinchazo en sus dedos, un frío intenso que le congeló la sangre. La esfera, antes repleta de brillo y calidez, se había convertido en una esfera de hielo, más fría que la nieve, pesada, dura, y a la vez, inservible.
En ese momento, no pudo evitar compararla con su corazón. Pues también a él alguien se lo había robado y, al hacerlo, se había convertido en un corazón de hielo, pesado como un lastre que llevaría toda su vida, duro, impenetrable, y a la vez, al igual que la esfera en esos momentos, inservible.
Tampoco pudo evitar arrepentirse de haber robado la esfera.
Ignora si la persona que se lo arrebató está también arrepentida. Eso es algo que nunca sabrá. Finalmente, las rodillas también cedieron y se derrumbó sobre la nieve. Lo último que creyó ver, borroso y sin ya saber si formaba parte de la realidad, era a una muchacha que lentamente se acercó hacia él y al llegar a su lado recogió algo del suelo que, al levantarlo, emitió un destello. Consiguió apenas ver a la muchacha alejarse. Después, todo se tornó negro.
Despertó en la cama de una habitación en la que se colaban por las ventanas unos rayos de luz que la mantenían en semipenumbra, como dejando la suficiente oscuridad para poder dormir plácidamente, pero a la vez impidiendo que ésta, temida por tantas gentes, la ocupara. Y recordó. Y lloró, como no había hecho desde mucho tiempo atrás.
Sólo había querido sentir de nuevo un poco de calor, que su corazón ya no le daba.
Sólo deseaba unas manos que lo hiciesen de nuevo brillar como había ocurrido con la esfera.
Sólo...
"¿Sólo?" le preguntó una voz. "Haz tú solo que tu corazón sea como esa esfera, que regala su luz y calor a quienes tiene alrededor y considera buena gente. Quizá así, ocurra que esas manos que ahora pides estén siempre contigo sintiendo el calor que desprendes, y vayan en tu búsqueda cuando ese corazón se enfríe. No quieras tener aquello que no te pertenece. No desees lograr sin esfuerzo algo tan valioso."
No supo de dónde vino aquella voz, ni por qué tras escuchar estas palabras se levantó de la cama, salió de la casa y se dirigió hacia la plaza, como la vez anterior. Al llegar a ella, se sentó y miró fijamente la esfera, recordando las palabras escuchadas.
Ciertas eran, pero no le sería fácil lograr lo que decían. Seguía sintiendo la tentación de coger aquella esfera aún sabiendo que de nada le serviría, pero el simple hecho de conseguir algo deseado era en muchas ocasiones mayor que su propia voluntad.
Sobretodo, cuando intervenían los sentimientos.
Puede que porque este no era el caso en el que éstos se veían implicados, puede que porque lo había intentado y en parte logrado, se levantó y dejando atrás la plaza, la esfera y la aldea, se encaminó sin saber muy bien dónde dirigirse. Tan sólo paso tras paso, logro tras logro, lección tras lección, para intentar crecer como persona.
.- SENS
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