Hace ahora 67 años, exactamente en este mes de Agosto, por razones familiares, viajé, con mi tío Salvador, por primera vez a Barcelona. La primera parte del verano la había pasado en Sierra Engarcerán a causa de la enfermedad de mi hermano Vicente. Se creyó oportuno el traslado. Tras estar más de un mes triscando por los montes, ejerciendo de ayudante de pastor de mi primo Miguel, ocurrió el primer milagro humano del que fui testigo. Tras las divertidas ocho horas de tren, ante mí, aún cuando la guerra europea nos dejaba llegar sus chasquidos, apareció la gran urbe, con todos los defectos y con todas las virtudes que a tantos congregaba. Aún habiendo pasado tantos años, muchos de los recuerdos los mantengo frescos y, curiosamente, aparecen en la memoria hechos triviales que para mi, entonces, fueron vivificadores: me ayudaron a ejercer la imaginación que, --desde entonces he puesto cada día a punto--, y para poder sorprenderme en todo momento, como un novato, como un chico de pueblo boquiabierto.
Descubrí el tranvía que entonces recorría a lo largo la Meridiana, aparejado con unos trenes oscuros y ruidosos. Y ruidosas era todas las mañanas, con el sonido de las sirenas de lasa fábricas y las de los vendedores ambulantes con sus carricoches desvencijados. Aunque a mi, por la mañana lo que me gustaba era ir a la “granja” de la esquina de Espronceda y cargar con una fuente repleta de nata.
El barrio que pertenecía a la Obra Sindical del Hogar, estaba incompleto. Faltaba el agua, faltaba la luz y las calles aún no están puestas. Aquella provisionalidad obedecía a la necesidad vital de mi tía Amparo de vivir en un barrio más abierto, menos apelotonado, menos urbano. Eran casitas de planta baja y piso con jardincillos mínimos delante y detrás.
Del agua nos proveíamos con garrafas desde una fuente pública no muy lejana. La luz era a base de carbureros cuyo carburante, de tapadillo utilizábamos para construir unas extrañas bombas, en nuestra opinión absolutamente inocuas. Se habría un hoyo como de un palmo en la arena preparada para las obras de la calle, se cargaba de agua y se situaba el carburo en su interior. Previamente, el bote vacío (de la Lechera) había sido agujereado en su parte superior. Detrás de un montón de material de construcción, agazapados, esperábamos que el artillero, provisto de una larga caña con un papel de periódico en la punta, lo encendiese y arrimase la llama al bote cargado. Naturalmente la intensidad de la explosión dependía de la carga de carburo.
Aquel verano descubrí infinidad de cosas. Por ejemplo que aquellos vecinos nuestros cuando tenían algo que celebrar lo hacían con la explosión de una botella de champan, al que ya llamaban cava. En casa, cuando la Navidad, siempre abríamos una botella de sidra y a mi abuelo Vicente se le encendían las mejillas y sus ojos azules se ponían brillantes. Posiblemente, entonces, aprendí a observar y a ser prudente.
Guardo el recuerdo de que por primera vez probé –y me gustó—una fritura de sangre y cebolla (entre nosotros “sangueta en cebeta) que habíamos comprado en el mercado de la Boquería, allá en las Ramblas. Desde entonces, es curioso, cada vez que en casa aparece la cazuelita, me acuerdo de mi descubrimiento barcelonés.
Ya está bien por hoy de recuerdos rancios. Algún día, cuando me venga a la imaginación seguiré con el recuerdo si a ustedes les parece bien.
Buenas tardes.
