Dicen que la suerte es una fuerza, un poder más o menos individual que determina ciertos acontecimientos independientemente de la voluntad del individuo, es decir y para hacerlo más concreto, se trata de una circunstancia casual favorable o adversa que siempre se entiende, de no especificarse, como buena.
Aparecen los agoreros en ese momento y se buscan una excusa para poder ver de antemano el futuro y cargar la tinta sobre lo negativo. Por ello, dentro de esa tendencia negativa que les abruma, recurren a las supersticiones, esas creencias extrañas a la fe religiosa y contrarias a la razón. Inventan sus símbolos y los consideran reales: los paraguas abiertos en sitio cerrado, derramar la sal y doscientas tonterías más pasando a lo poético proclamando que, en martes ni te cases ni te embarques. Pero lo mejor del repertorio es la coincidencia (en la cultura española) de martes y trece o de martes y diecisiete (en Italia) o viernes y trece (en la cultura anglosajona). El personal, falto de alicientes y abrumado por crisis y recesiones se agarra con fuerza a estas bobadas, tratando de ver algo más allá de sus narices.
Soy contrario a estas manifestaciones y veo en la coincidencia, simplemente eso, una coincidencia de un día de la semana y un número. Por ello, en el supuesto absurdo de que hubiera mala o buena suerte por tal coincidencia, podría sentirme inmensamente agraciado.
Ayer, trece y martes, a las dieciséis horas y treinta minutos, Carlos, mi séptimo biznieto se asomaba sorprendido a este mundo. Él es el séptimo de esta tercera generación que me sigue y me empuja…y me llena de contento y felicidad.
Lo considero una bendición del Altísimo y por ello elevo hasta el cielo mi agradecimiento…¡Ah! en la mesa familiar y un poco tumultuosa en la que nos reunimos de vez en cuando, ocupa el lugar veintisiete.
Buenas tardes.

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