Hoy, en la comida me han servido un vino blanco excelente que, en su parte posterior –donde se expresan las características del caldo—se me informaba de su procedencia fijada en la zona de Cheste en la Provincia de Valencia. En mi pueblo, que es Castellón, siempre se han consumido preferentemente vinos procedentes de aquella zona. Buñol, Chiva, Real de Montroy, hasta Requena. Los vinateros castellonenses los transportaban en odres de piel de cabra que aquí llamábamos “botos” que es la traducción masculinizada de “bota” según me dice el diccionario Alcover. Tanto es así que en época tan peligrosa como la del final de la guerra civil, uno de los hermanos “Casaorets” dueños de taberna en el carrer d´Amunt, falleció como consecuencia de una bomba de aviación en el mismo puente del Mijares. Y con él se perdió su carga de vino que traía de aquella zona que comento.
Lo que realmente me ha chocado aparte su localización en Cheste, es la añadidura informativa de haber sido elaborado el vino con uva procedente de viñas situadas a orillas del Mediterráneo. Y ello es gancho que se añade a la calidad del vino por mentarse aquello que hoy es anhelo e ilusión de tantos habitantes de tierra adentro. Puede mucho el mito mediterráneo para oscurecer la piel y como etiqueta de vinos … ¡o de lo que sea!
Y me ha chocado por la sencilla razón de que esa zona vinícola, extremadamente productiva y perfectamente comercializada, está situada, por lo menos a partir de los veinte kilómetros del Mar Mediterráneo.
Me resulta necesario visto cuanto digo, comentar y resaltar el hecho de que a orillas del mediterráneo, por esta zona, tan solo se cultivaba y se comercializaba el moscatel de Benicassim y Oropesa. Ambos términos estaban dedicados a este cultivo y ambos, en casi toda su superficie era terreno de rodeno, rojo como las mismas Agujas de Santa Águeda.
La composición de este terreno, al parecer, era idóneo para aquella uva moscatel aunque, entre algunos, ya se vislumbraba la posibilidad de modificar cultivos, restando viña y añadiendo almendro. Así lo pensaba algún terrateniente y, a la hora suprema del testamento, repartían sus tierras según las posibilidades agrícolas de sus herederos: la zona de montaña para los más espabilados y la zona de la costa para los menos dotados. Conozco algún caso.
La historia que va modificándose por la acción de los hombres y de sus posibilidades, trastocó aquella intención de manera absoluta. Los herederos de las tierras calificadas de calidad, siguieron años y años, manejando el arado, o el tractor o el motocultor dejándose la piel sobre la tierra. Los otros, los menos dotados, vieron que sus viñas daban a la larga otro fruto que no era la uva moscatel. La transformación de las viñas de “vora mar” en apartamentos y villas dotó a sus propietarios de un caudal económico considerable a pesar de los intermediarios, constructores y promotores.
Aquellas viñas que se extendían desde “la ratlla” fueron transformándose poco a poco en terrenos edificables. Quedaban los terrenos interiores: El tossal de les Forques, la vaguada del Mas de Mingarro, las laderas de las Agujas y poco más.
Ignoro si en la actualidad quedan viñas que se explota de lo que fue “el millor moscatell del món”. Y que se cultivaba a dos metros del agua de mar y no a veinte o treinta kilómetros del Mar Mediterráneo.
Buenas tardes.

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